dissabte, 15 de febrer de 2020

MICRORELATS DE GENER / MICRORRELATOS DE ENERO (1)



Publiquem els microrelats que van arribar a les deliberacions finals en la categoria en castellà de la convocatòria de gener.

Recordem que els microrelats concursants publicats al blog s'inclouran en una publicació en paper que recollirà aquells textos guanyadors i finalistes de cada categoria de totes les convocatòries mensuals.







Publicamos los microrrelatos que llegaron a las deliberaciones finales en la categoría en castellano de la convocatoria de enero.

Recordamos que los microrrelatos concursantes publicados en el blog se incluirán en una publicación en papel que recogerá aquellos textos ganadores y finalistas de cada categoría de todas las convocatorias mensuales.








Best seller

Para cuando el editor prestó atención al manuscrito del autor novel, el inspector que seguía la pista al asesino se había jubilado y vivía en un hogar de ancianos. La amiga de la víctima había dejado el piso que ambas compartían para casarse con su entrenador personal. El principal sospechoso tenía trabajo estable y había prosperado tanto como para dejar atrás la delincuencia. La joven incauta que pasaba aquella noche frente a un edificio en construcción acabó cambiando la ruta tras conocer a un compañero de clase que tenía coche.

El tardío interés del editor por publicar aquella historia obligó a poner todo en su lugar. Hubo que destruir y volver a construir el edificio en que se hallaba la escena del crimen. Las dos chicas volvieron a vivir juntas tras arruinar sus respectivos matrimonios. El sospechoso pasó de la abundancia a la inopia sin causa justificada.  El inspector abandonó el geriátrico; retomó el caso.

Para entonces, el aspirante a novelista había asumido su fracaso como escritor. El público se había vuelto más exigente. El nivel del mar había subido a causa del cambio climático.

Que todo volviera a ser como antes supuso un esfuerzo editorial sin precedentes.

Pedro Herrero Amorós
Castellar del Vallès (Barcelona)









Nunc aut nunquam

Cuando llegaron Más Adelante y el Día de Mañana estábamos tomando el fresco. Caminaban lentamente, como si arrastraran una pesada carga. Ya estamos aquí, dijeron y soltaron todo lo que durante años habíamos ido dejando para Más Adelante: las clases de teatro de mi hermana Puri, la carrera de mamá, las vacaciones familiares en el mar y la reducción de jornada de papá. También trajeron los momentos que perdimos por estar trabajando para el Día de Mañana y las personas a las que renunciamos, como mi novio Lucas, el pobre, que lo abandoné porque no podía darme un futuro mejor.

Se fueron muy deprisa. Las ofrendas y los sacrificios que habíamos hecho por ellos se quedaron tirados en el suelo. Son nuestros, dije, venga, vamos a usarlos. Pero mamá ya no quería estudiar, Puri tenía un puesto fijo en el ayuntamiento, yo me había casado con un idiota y, a estas alturas —con la vida tan hecha— era imposible irnos a la playa todos juntos.

Papá —a punto de jubilarse— fue el más desilusionado con la visita y empezó enseguida a hablar de un tal Aquellos Tiempos.

Desde una esquina, el Día de Hoy observaba la escena esperando tal vez que alguien le prestase un poquito de atención.

Elena Bethencourt Rodríguez
Los Cristianos, Arona (Tenerife)








*Il·lustració / Ilustración de Quentin Gréban.


Ciclos

Fue un error no eliminar también a los niños, pero tenían esa mirada. Muy pronto habrán crecido lo suficiente como para venir a buscarme, para entonces tú ya tendrás tres o cuatro años y verás, escondido tras las cortinas, cómo me apuñalan o cómo me ponen una bolsa en la cabeza o cómo, simplemente, me disparan en el corazón. Te descubrirán, probablemente, por el rastro de tu llanto, y encontrarán en ti los mismos ojos desvalidos que yo vi en ellos. Pensarán que no merece la pena, y te dejarán con vida, y todo, como ha sucedido siempre, empezará de nuevo.

Raúl Clavero Blázquez
Madrid








La desconocida

A Marta le gustaba hacerse la desconocida. Aparecía de la nada, como por casualidad, en un bar, en la fila del cine, en una charla sobre medioambiente. Con un nombre y una vida inventados. Con otro peinado. Con otra ropa. Los días anteriores, en casa, parecía ausente, mientras preparaba su papel a conciencia, como una actriz profesional. Si iba a interpretar a una enfermera, se aprendía la anatomía humana; si iba a convertirse en pintora, se informaba de todo lo relacionado con el arte. Ensayaba frases, acentos, gestos. A veces, la descubría entre el gentío, pero era ella la que solía acercarse, porque en esos encuentros yo era yo, Pedro, un comercial con una vida anodina, que iba a serle infiel a su mujer. Y es que siempre terminábamos tendidos en la cama de un hostal, acoplados en el asiento de atrás de un coche o yuxtapuestos en los baños de un bar. Hasta hoy, que me la he cruzado en una exposición y hemos ido a tomar un café. Ella me ha contado que se llama Marta y me ha confesado que está harta de las infidelidades de su marido, que lo va a dejar. Yo, con mi mejor acento francés, le he dicho que me llamo Antoine, que soy escritor y que me encantaría conocerla.

Ernesto Ortega Garrido
Madrid








Abuela

Sale de la cocina con una diminuta bandeja negra con motivos chinos, casi no caben el plato de rosquillas caseras y las dos tazas de café humeante. Se sienta en su butaca, contigua al sofá en el que yo espero flanqueado por tapetes de ganchillo. ¿Qué te gusta ver en la tele, hijo? – me pregunta con voz dulce. Con sus frágiles manos acaricia y despeina mi pelo. Me dice que debería cortármelo y también afeitarme, para estar más guapo y tener un buen empleo. Nos quedamos un rato en silencio viendo el programa de la sobremesa, ese en el que todos hablan y chillan a la vez. Se me está haciendo un poco tarde – le digo. Claro, tendrás mil cosas por hacer, la juventud siempre anda tan ocupada.

Ya en el quicio de la puerta arregla las solapas de mi chaqueta y mete en mi bolsillo un billete de cinco euros. Quisiera decirle que no es necesario. Que el próximo día vuelvo encantado a subirle las bolsas de la compra, y degustamos juntos cualquier otra delicia que haya preparado. Que la frutería es de mi tío y yo solo le ayudo. Que también espero encontrar un buen empleo cuando acabe los estudios. Y que de haberla conocido, a la mía, estoy seguro que se parecería a ella.

Beatriz Díaz Rodríguez
Barberà del Vallès (Barcelona)

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