dijous, 17 de novembre de 2016

MICRORELATS D'OCTUBRE / MICRORRELATOS DE OCTUBRE (2)




Publiquem els microrelats que van arribar a les deliberacions finals en la categoria en castellà de la convocatòria d'octubre.

Recordem que els microrelats concursants publicats al blog s'inclouran en una publicació en paper que recollirà aquells textos guanyadors i finalistes de cada categoria de totes les convocatòries mensuals.







Publicamos los microrrelatos que llegaron a las deliberaciones finales en la categoría en castellano de la convocatoria de octubre.

Recordamos que los microrrelatos concursantes publicados en el blog se incluirán en una publicación en papel que recogerá aquellos textos ganadores y finalistas de cada categoría de todas las convocatorias mensuales.










En una isla cualquiera

Cae la tarde, y Verónica encuentra otra botella en la playa. Dentro, como siempre, hay una carta. Mientras la extrae, anhela que esta vez vaya dirigida a alguna de las demás mujeres pero, al instante, reconoce la letra. Es de su esposo. Le cuenta que se siente solo, y que Carlitos la extraña y pide por ella. Verónica estruja el papel de igual manera que aquellas palabras estrujan algo en su pecho. Mira el horizonte como si fuera ciega, y luego escribe, en la misma hoja, que todavía no es tiempo, que tiene que ayudar a sus compañeras de infortunio, que algún día, pronto, marchará con ellos. Seguidamente, arroja la botella, cargada de mentiras, otra vez al mar. Y se acaricia las seis lunas de su vientre, sin saber si debe dar las gracias o maldecir por aquella noche de amor antes del naufragio.

Gabriel Bevilaqua
Zárate (Argentina)












La papelera

Entré en aquella tienda de artículos raros y me fijé en una papelera sin fondo que, al parecer, se hallaba a la venta como objeto decorativo. Sin embargo, el vendedor me aseguró que, además, tenía el poder de hacer desaparecer cuanto caía en su interior. Yo pensé que bromeaba, pero vi que era verdad cuando quise probarla en casa, echando papeles y objetos de escritorio. Aunque luego aparecía todo en el desván como por arte de magia, sin nada que lo explicara. Probé incluso con mi gata, que se llevó un susto de muerte.
Tras mi desconcierto, se me ocurrió que podría llevarla conmigo a todas partes, colar con disimulo en su interior lo que quisiera y hallarlo a buen recaudo a mi regreso. Así lo hice, y en poco tiempo acumulé tanta riqueza en mi refugio secreto que apenas podía abrir la puerta de acceso. Hasta que, un día, las cámaras de seguridad de una joyería me delataron y tuve que huir. Y cuando huir no fue suficiente, no vi otra salida que meterme yo mismo en la papelera para evitar que me cogieran.
Desde entonces, estoy prisionero en mi pequeño desván, casi enterrado en el botín de mi propia avaricia, esperando que lo que tenga que caer acabe de cubrirme del todo.

Pedro Herrero Amorós
Castellar del Vallès (Barcelona)










*René Descartes, retrat/o de Frans Hals (1649).


El secreto de la buena educación

El señor Douglas levantó la persiana. Un rayo de sol iluminó la estancia y atravesó la cara de Elsa, cuya visión se alteró unos instantes:
—Déjela así, se lo ruego, que entre un poco de luz natural.
—Pero solo un poco, el sol puede dañar tu piel.
Elsa asintió y siguió con el violín. Después tenía filosofía. Terminaría la mañana con la hora de gimnasia y meditación. Mientras tocaba, miró a su hermana pequeña, Adela, que jugueteaba en el jardín con el cachorrito que le habían regalado por su cumpleaños. Sintió una punzada de envidia al rememorar días dichosos y no tan lejanos de una infancia irrecuperable.
—¡Dios mío, una mancha! —La señora Lynn observaba el cuello de   Elsa—. Este era el vestido para esta noche. Habrá que planchar el blanco con mangas de encaje.
—Apenas se ve, señora —repuso Elsa—. Ellos no se fijan en eso.
—Eso crees tú, muchacha ingenua. Nuestros clientes son muy selectos. Exigen hasta el mínimo detalle. Quieren elegancia, una educación exquisita. Venga, a la biblioteca, ¿qué toca hoy?
—Descartes. ¿Puedo estudiar en el banquito del jardín? ¡Hace un día de verano tan espléndido!
—Imposible. Ya has oído al señor Douglas.

Ziortza Moya Milo
Ortuella (Vizcaya)










Los otros, el otro

A falta de dos días para el cierre, la afluencia de público no tiene precedentes, y no hay crítico que no se sume a la afirmación de que habrá un antes y un después tras esta muestra del “Georges Pompidou”, que solo ha sido posible gracias a la última ley sobre la propia inmolación.
La sala principal es un auténtico espectáculo. Un gran número de visitantes, en ruidoso silencio, se pasea entre el centenar de personajes que cuelgan del cuello mientras evitan entre escorzos el mínimo roce. Noventa y nueve van de esmoquin blanco, lo que contrasta con la cianosis de los rostros, y uno solo, el más viejo, está vestido de Peter Pan.
Pero es sin duda alguna, la sala más pequeña, la C5, la que más expectación suscita. Una cola interminable se forma todos los días para observar, por la mirilla ojo de pez de la vieja puerta, a un hombre que cuelga solitario en una habitación repleta de taburetes de vivos colores. El artista, espero que tomándose la licencia del poeta, ha colocado un cartel en el que dice que el Sr. Charbonneau, que tan solo hace unos días se refugiaba bajo el “Pont Morland”, fue liberado de su negra y anodina vida contra su propia engañosa voluntad.

Javier Palanca Corredor
Valencia










Último testigo

Era el último hombre de la tierra y alguien tocó a su puerta. Hola hermano, se escuchó del otro lado. El fin de la tierra está cerca, venimos a ofrecerte la salvación, concluyeron. Así que había más de uno, ¿qué debía hacer?. Decidió que no tenía nada que perder, ni a nadie, y abrió la puerta. Aquellas caras eran amables y con cuerpos totalmente humanos, muy guapos incluso. ¿Sois más?¿Hay mujeres?. Le hablaron de un nuevo mundo, casi como un paraíso. Era todo tan bonito que cedió en acompañarlos gustosamente. Lo acogieron como a un hermano más, lo vistieron con un traje muy elegante y le dieron un maletín, como el de ellos.

Beatriz Díaz Rodríguez
Barberà del Vallès (Barcelona)

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