dimarts, 13 de novembre de 2018

MICRORELATS D'OCTUBRE / MICRORRELATOS DE OCTUBRE (2)




Publiquem els microrelats que van arribar a les deliberacions finals en la categoria en castellà de la convocatòria d'octubre.

Recordem que els microrelats concursants publicats al blog s'inclouran en una publicació en paper que recollirà aquells textos guanyadors i finalistes de cada categoria de totes les convocatòries mensuals.







Publicamos los microrrelatos que llegaron a las deliberaciones finales en la categoría en castellano de la convocatoria de octubre.

Recordamos que los microrrelatos concursantes publicados en el blog se incluirán en una publicación en papel que recogerá aquellos textos ganadores y finalistas de cada categoría de todas las convocatorias mensuales.







Lazos

Ella convirtió el campanario de la iglesia en observatorio de mi infancia y adolescencia. Me seguía a todas partes, transmitiéndome seguridad. Conocía a mi familia, amigos, vecinos. Sabía de mis travesuras, las chicas que me molaban, el parque al que me gustaba ir. Yo sentía un cariño innato por ella. Permaneció en un discreto segundo plano durante todo mi desarrollo. Un mes de julio, coincidiendo con mi mayoría de edad, desapareció removiendo las nubes. Oculté nuestra relación a mis padres para que no sufrieran. Desde que me encontraron de recién nacido en la puerta de casa, se desvivieron por protegerme.
La verdad es que siempre he tenido el corazón dividido entre el cielo y la tierra. Llegué a querer a esa cigüeña, como a una madre.

Beatriz Carilla Egido
Zaragoza








El amante furtivo

Era muy atractivo, el mejor amante y estaba escribiendo un libro sobre sus vivencias. Se estaría unos días y luego partiría hacia Jerusalén. José ofreció al extranjero su hogar, y su esposa, María, su cuerpo. El extranjero no la repudió y yacieron juntos. Cuando se fue, a María, solo le dio tiempo a preguntarle su nombre. El extranjero le contestó que le llamaban Espíritu Santo.

Octavi Franch
Segur de Calafell (Tarragona)









El accidente

Aquel verano fue perfecto, hasta llegar a casa. Nuestra plaza de garaje estaba ocupada y nos extrañó. Subimos en el ascensor en silencio, a la expectativa y con algo de miedo. Juan quiso llamar a la policía pero le dije que esperara. En el rellano noté olor a comida casera. No nos dio tiempo a reaccionar cuando nos abrieron la puerta y nos recibieron efusivamente con un por fin habéis llegado, estaréis hambrientos. Les dijimos que aquella era nuestra casa, ellos, que ya lo sabían. No entendíamos nada. Eran muy serviciales, la mesa estaba llena de comida con una pinta espectacular, fue todo muy rápido. Los niños se pusieron a jugar entre ellos, tenían edades similares. Sus hijos alucinaron con la consola, como si fuera la primera vez que veían una. El matrimonio también era encantador, aunque el peinado de ella me pareció un poco antiguo. Supongo que nos embriagó el ambiente, y el vino, así que nos dejamos llevar. Desde entonces compartimos el espacio sin problemas. A veces me parece escuchar de nuevo la sirena, en su caso fue diferente, un escape de gas. Hoy creo que llegan los nuevos, pero esos aún no nos ven.

Beatriz Díaz Rodríguez
Barberà del Vallès (Barcelona)







La lámpara

Una tormenta tenaz demoró las calles. El lector llegó tarde al edificio, ansioso por retomar la novela. Subió las escaleras, como si recorriera por dentro el caparazón de un caracol. Una vez en su estudio, se sirvió una copa. El whisky lo espabilaba. Después, se sentó a orillas de la ventana y encendió la lámpara. Más allá del vidrio empañado, la ciudad se sumergía en una oscuridad turbulenta.
Abrió el libro donde estaba el señalador. Página 153. El capitán giraba desesperado el timón. La tormenta arreciaba. Podía sentir el viento rugiendo contra los acantilados, podía ver el barco a merced de las olas, a punto de zozobrar. Por fin, el capitán vislumbró la luz. A lo lejos, el faro, se dijo.
Sonó el timbre. El lector maldijo. ¿Quién a estas horas?, pensó. Dejó el libro abierto sobre el escritorio y caminó hasta la puerta. Apoyó inquieto el párpado contra la mirilla. Desde la penumbra del palier, lo miraba un hombre cóncavo, todo empapado, un hombre que de algún extraño modo le resultaba familiar.

–¿Qué necesita? –preguntó el lector.
–Agradecerle –respondió el capitán–, por encender la lámpara justo a tiempo.                                            

Marcelo Guillermo Coccino
Roldán (Argentina)

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