dissabte, 17 de desembre de 2022

MICRORELATS DE NOVEMBRE / MICRORRELATOS DE NOVIEMBRE (1)

 


Publiquem els microrelats que van arribar a les deliberacions finals en la categoria en castellà de la convocatòria de novembre.


Recordem que els microrelats concursants publicats al blog s'inclouran en una publicació en paper que recollirà aquells textos guanyadors i finalistes de cada categoria de totes les convocatòries mensuals.




Publicamos los microrrelatos que llegaron a las deliberaciones finales en la categoría en castellano de la convocatoria de noviembre.

Recordamos que los microrrelatos concursantes publicados en el blog se incluirán en una publicación en papel que recogerá aquellos textos ganadores y finalistas de cada categoría de todas las convocatorias mensuales.



 



Debilidades

A veces los náufragos perdemos la esperanza, por eso, en ocasiones, rellenamos botellas con mensajes en blanco y las lanzamos al mar. Es nuestra manera de rebelarnos contra nuestro destino, una pataleta disculpable, además de náufragos somos humanos, Aunque, debemos confesar que pasados unos días desde el lanzamiento, oteamos la orilla en busca de respuesta.

Yolanda Nava Miguélez

León







Pesadilla

Cae la noche. Con el frío que hace ni siquiera las estrellas se atreven a salir. En la habitación de un cuarto piso sin ascensor intenta quedarse dormida una mujer que trabaja de camarera en un bar donde esa misma tarde ha servido un café negro a un joven con tantas pecas que apenas se le ve la cara. No puede dejar de pensar en él. Siente un agradable cosquilleo en el estómago y eso la lleva a dar muchas vueltas en la cama, demasiadas, antes de poder conciliar el sueño. Un sueño que enseguida deviene en pesadilla. Alguien la persigue con un cuchillo de unas dimensiones tales que podríamos usar su hoja como espejo. Corre. Corre cada vez más deprisa y, sin embargo, no consigue alejarse de él. Al día siguiente no va a trabajar. Ni al otro. La encuentran tendida en su cama, entre las sábanas revueltas que antes estaban llenas de flores, con los ojos cegados por el pánico. En las noticias dirán que tiene el cuerpo cosido a cuchilladas. No hay sospechosos. Impactados por la cruel agresión, no nos fijaremos en el joven cubierto de pecas que entra en un bar y pide un café bien cargado mientras sonríe a la camarera, una camarera que esta noche soñará con él.

Margarita del Brezo

Ceuta





IA

La aplicación “Jack, asistente del novelista” siempre le hacía sugerencias valiosas. Mucho más que meras correcciones. Escéptico al principio, con el paso del tiempo no pudo prescindir de sus servicios. Los cambios que introducía eran cada vez más extensos y profundos. Llegaron los primeros premios y Jack empezó a incluirse en los agradecimientos. El escritor se sorprendió, pero el éxito hizo que mirara hacia otro lado. En su penúltima novela sintió escalofríos cuando vio que Jack aparecía en la dedicatoria que abría el libro. Tampoco dijo nada, un nuevo premio. Lo que no podía imaginarse es que, en la última, Jack le daría a elegir entre tres pseudónimos… y él lo aceptaría. Ahora se pasa los días esperando una llamada que no llega, un nuevo encargo de su editor.

Josep Maria Arnau de Bolós

Barcelona






La equilibrista

A ella lo único que le importa es vivir en la cuerda floja. Demuestra su habilidad a diario y pasa las horas ahí arriba. También los años, sin que quiera bajar. A veces nos gustaría saber qué se siente con una madre con los pies en la tierra. Pero después la contemplamos desde abajo, tan feliz y equilibrada que preferimos no molestarla cuando venimos a verla con sus nietos.

Sara Coca

Montequinto (Sevilla)






Gravitación

La cúpula estaba a un kilómetro de casa.

—¿Para qué sirve? —le pregunté una vez a mi padre.

—Algún día tendrás que quitártela de la cabeza —me respondió.

Era morada, azul; —azul cobalto, decía mi hermana, que tenía un año más que yo y hacía todo lo posible por recordármelo—; pero lo cierto es que nadie sabía exactamente de qué color era. Según le dé la luz, decían algunos, como si así se quedaran más tranquilos.

Entiendo ahora a qué se refería mi padre. Han tenido que pasar todos estos años. Ya tengo más de los que tenía él entonces. Tengo más de los que tuvo él nunca.

Mi hermana se casó, tuvo hijos y vive en una ciudad lejos de aquí. Yo también me casé pero no tuve hijos y tampoco pude alejarme. Desde la casa donde vivo ahora veo la cúpula.

Puede que sea azul cobalto, sí, pero qué importa. Puede que sea negra. O que no tenga ningún color.

A veces me acerco hasta donde permiten acercarse, a unos metros. Me siento en la hierba. Me quedo allí un rato.

—No he podido quitármela de la cabeza —le digo.

Qué importa si nadie parece oírme.

Miguel Ibáñez de la Cuesta

Santander